domingo, 17 de noviembre de 2013

El Caso Alemán



El Caso Alemán:

Adolfo Hitler fue nombrado Canciller de Alemania el 30 de enero de 1933 por el anciano presidente Paul von Hindenburg, en los momentos más Difíciles de una incontenible depresión mundial. El control del poder que Hitler tenía cuando juró como canciller en ningún sentido era absoluto. Aunque había sido designado a dicho cargo, su partido nazi seguía representado una clara minoría en su propio gabinete, en el que controlaba sólo 3 de los 11 ministerios. Es más, el traicionero tecnócrata Franz von Papen, ex canciller y amigo cercano del presidente Hindenburg, fue nombrado vicecanciller de Hitler. Von Papen había logrado que Hindenburg se comprometiera a sólo reunirse con Hitler en presencia de Von Papen, quien actuaría como una especie de “cocanciller” y mantendría a Hitler bajo su “control estricto”.
En su primer consejo de gabinete, el 30 de enero, Hitler propuso convocar a elecciones al Reichstag (la cámara baja del Parlamento) para el 5 de marzo, con la esperanza de que los nazis pudieran obtener el voto mayoritario. Los miembros del gabinete apoyaron la convocatoria de Hitler a elecciones, pero sólo después de que él les aseguró que no se alteraría la composición del gabinete, no importa el resultado de las elecciones. Ellos, como Von Papen, se engañaron en creer la ilusión de que “controlaban” a Hitler y al gobierno.

La Última Elección "Democrática"

A pesar de los llamados a la honradez y la moderación, la “campaña electoral” fue brutal en extremo. A principios de febrero el Gobierno de Hitler prohibió todos los mítines del Partido Comunista (KPD), así como sus publicaciones. También se suspendió la publicación de los principales periódicos socialistas, y los mítines del Partido Socialdemócrata o fueron prohibidos o saboteados por los matones camisas pardas de la SA de Ernst Röhm. El Partido Católico del Centro también fue blanco de los ataques de la SA. Se informó que 51 activistas antinazis fueron asesinados durante los 34 días de la campaña electoral, mientras que los nazis alegaron que 18 de sus miembros fueron asesinados.

La situación empeoró de forma dramática el 27 de febrero de 1933. Esa noche fue incendiado el Reichstag, sede del Parlamento. Si bien declararon culpable a un comunista holandés mentalmente inestable llamado Marinus van der Lubbe, quien fue ejecutado por el crimen, está claro que él no reunía las condiciones físicas y mentales para ser el autor intelectual o material del delito, del mismo modo en que Lee Harvey Oswald no lo fue del asesinato del presidente Kennedy, y Osama bin Laden no lo fue de los sucesos del 11 de septiembre de 2001.
Abundan las pruebas, entre ellas declaraciones que hizo el presidente del Reichstag y posterior jefe de la Gestapo Hermann Göring, que indican que el incendio se llevó a cabo por órdenes del Gobierno de Hitler, es decir, de Göring.
Con el jefe de propaganda de Hitler, Josef Goebbels, como director de orquesta, todo el peso del gobierno se desplegó a favor de la elección del partido nazi. Goebbels llevó los actos de la campaña y los discursos de Hitler a todas las aldeas y pueblos del país. De esa forma, los efectos de los gastos de campaña de Hitler y de la fuerza de choque de los camisas pardas se multiplicaron varias veces.
Con todo, en las elecciones del 5 de marzo los nazis sólo alcanzaron el 44% de los votos, cantidad insuficiente para obtener la mayoría que Hitler había demandado.
¿Qué hizo la mayoría no nazi de su gabinete y el Reichstag recientemente elegido? ¡Felicitaron a Hitler por su excelente campaña! Peor aún, el 23 de marzo procedieron a promulgar, por abrumadora mayoría, la “ley de Autorización” (Ermächtigungsgesetz). Esta ley ratificó los poderes casi ilimitados de Hitler para gobernar por decreto, como especificaba por otra parte el Notverordnung del 28 de febrero. Esta ley constituyó una iniciativa legislativa producto de un autoengaño y una locura suicida prácticamente sin igual en la historia. Ya que la aprobación de la ley de Autorización encierra la quintaesencia de la forma de autoengaño que hoy tiene atrapados a muchos ciudadanos estadounidenses y sus respectivos representantes por elección, vale la pena examinar en cierto detalle las circunstancias que rodearon este particular y lamentable momento histórico.
La dirigencia política alemana capituló: “El control del poder que Hitler tenía cuando juró como canciller en ningún sentido era absoluto”. Al principio, Hitler mostraba su deferencia al presidente Hindenburg.
Más que alcanzar una mayoría absoluta para el partido nazi en el Reichstag, Hitler quería liberarse completamente de los “grilletes” de la Constitución de Weimar. Gracias al Notverordnung del 28 de febrero obtuvo poderes casi ilimitados y, por lo tanto, pudo eludir arbitrariamente la Constitución, dada la declaración del estado de emergencia. Pero, obsesionado por mantener la apariencia tanto de un apoyo público abrumador como un disfraz creíble de “legalidad”, Hitler exigió un cambio en la Constitución de Weimar que le concedería poderes casi dictatoriales por un período de tiempo ilimitado. Ya que cualquier cambio constitucional requería la aprobación de por lo menos dos tercios del Reichstag, Hitler procuró lograr este objetivo.


El partido nazi contaba con 288 escaños en el Reichstag y sus colaboradores en el Partido Nacionalista 52, lo que sumaba a 340 votos con los que Hitler podría contar. Ya que había 647 escaños en el Reichstag, era necesario obtener por lo menos de 432 votos para asegurar dos tercios. Si se descalificaba a los 81 miembros comunistas de sus escaños, como finalmente hizo el Gobierno de Hitler —y lo hizo “legalmente”, en virtud del Notverordnung—, entonces sólo quedarían 566 escaños en el Reichstag, y por lo tanto 378 votos representarían los dos tercios requeridos. Hitler cortejó al Partido Católico del Centro de monseñor Ludwig Kaas y del ex canciller Heinrich Brüning para superar

“El Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes (nazi) es el único partido político en Alemania. Quien pretenda mantener la estructura organizativa de otro partido político o formar uno nuevo será castigado con hasta tres años de trabajos forzados o con prisión de seis meses hasta tres años, si el acto no está sujeto a penas mayores de acuerdo con otras normas”.

¿Qué había pasado con todos los otros partidos, que en total obtuvieron el 56% de los votos del electorado alemán el 5 de marzo? El Partido Comunista, con sus 4.848.058 votos, había sido prohibido de participar en el Reichstag. El Partido Socialdemócrata (SPD), con sus 7.181.629 votos, desapareció sin siquiera gimotear. El 10 de mayo la policía de Hermann Göring allanó las oficinas del SPD y su periódico. El 19 de mayo, esperando congraciarse de nuevo con Hitler, la facción del SPD en el Reichstag votó unánimemente a favor de su política exterior, y condenó a los socialdemócratas que en el extranjero osaron criticar al Führer. Pero sus esfuerzos propiciatorios de última hora no fueron de ningún provecho, pues Hitler proscribió formalmente al SPD el 22 de junio, so capa de que era “subversivo y hostil al Estado”.
El 10 de abril Hitler promulgó una ley que declaró el 1 de mayo como “Día Nacional del Trabajo”, y como tal, un día festivo pagado para todos los obreros. Los ilusos y temerosos círculos dirigentes sindicales se pusieron todos estáticos por esta “muestra de respeto y aprecio” al trabajador alemán, y este supuesto reconocimiento de Hitler a la tradicional fiesta que los trabajadores celebran en mayo. Un periódico sindical hasta declaró que la fiesta del 1 de mayo era el “Día de Victoria”.



Hitler Contra los Judíos y las Iglesias

El 1 de abril Hitler promulgó una ley que declaraba el boicot a las tiendas judías. También promulgó leyes que excluían a los judíos del servicio público, las universidades, y de varias otras profesiones. Éste fue el comienzo del proceso de despojarle su ciudadanía a los judíos alemanes, uno de los primeros pasos en el monstruoso plan para deshumanizarlos, que condujo, inexorablemente, a la “Solución Final” y al asesinato de 6 millones de judíos.
Hitler también era anticristiano. Lanzó una campaña, que abortó, para establecer una iglesia “cristiana alemana”. En Alemania había cerca de 45 millones de protestantes, la mayoría pertenecientes a las iglesias luterana y reformada. Hitler quería establecer una nueva “iglesia cristiana del Reich”, que sería encabezada por su amigo y camarada nazi Ludwig Müller.

La justificación de Schmitt de la Purga Sangrienta de Hitler

La noche del 30 de junio de 1934 —la “noche de los cuchillos largos”— el canciller Adolfo Hitler ordenó el asesinato de decenas (tal vez cientos) de sus adversarios políticos. Antes de que ocurriera, no hubo indicios de “justificación legal” para efectuar esta purga. Hitler simplemente quería eliminar a los elementos destacados de su oposición real, imaginaria y potencial a fin de aterrorizar a todos los demás para que se sometieran a su dictadura. Empezó a tratar de encubrir su genocidio con un velo de legalidad el 3 de julio, cuando le presentó a su gabinete una propuesta de ley para la Defensa del Estado, la cual simplemente decía: “Las medidas que se tomaron el 30 de junio, y el 1 y 2 de julio, para la supresión de ataques de alta traición y de traición al Estado son, como una defensa de emergencia del Estado, legales”. El ministro de Justicia Franz Gürtner señaló que la propuesta de Hitler no creó una nueva ley, sino que sólo confirmó la ya existente. El gabinete aprobó de forma unánime la propuesta de ley de Hitler.
Von Schleicher fue asesinado en esta masacre. Hitler alegó que su crimen había sido conspirar con un diplomático extranjero contra Alemania. El 3 de julio el obediente gabinete de Hitler ya había “legalizado” la matanza, cuando respaldó las medidas como necesarias para la “defensa del Estado”.

La Consolidación Final:

El presidente Hindenburg falleció el 2 de agosto de 1934, menos de seis semanas después de la carnicería de Hitler. Al mediodía se anunció que el gabinete de Hitler había aprobado una ley el día anterior que unificaba los cargos de presidente y canciller, y que Adolfo Hitler había asumido sus nuevas responsabilidades como jefe de Estado y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Se abolió el título de presidente y de allí en adelante Hitler sería llamado “Führer y Canciller del Reich”.  El 19 de agosto de 1934 el pueblo alemán asistió a las urnas para “votar” en un plebiscito sobre las nuevas responsabilidades de dirigencia de Hitler. El 95% de los votantes inscritos acudió a las urnas, y más del 90% ratificó a Hitler como el Führer. Es decir, más de 38 millones de alemanes votaron para ratificarlo como Führer, y unos 4 millones 250 mil votaron en contra. Apenas 18 meses antes Hitler había recibido menos de 17 millones 300 mil votos, en una elección multipartidista en la cual participaron más de 38 millones de votantes. ¡Qué cambio! ¡Qué descenso al infierno!

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